La forma de las moléculas

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La primera forma que me llamó la atención en biología fue la de la célula, representada en un dibujo. Esto ocurrió cuando aún era un niño. Ya en la universidad, estudiando bioquímica, lo que me llamó la atención fue la forma como se representaban las proteínas en una larga hilera de aminoácidos unidos unos a otros, los cuales podían plegarse, torcerse y retorcerse en el espacio para formar una estructura en tres dimensiones de gran estabilidad. Asimismo, cómo la actividad biológica de esta molécula (enzima) era el resultado de este plegamiento.

Más aún: aprendí que la forma que tomaba esta molécula en el espacio tridimensional estaba de alguna manera regida por las leyes de la termodinámica y predeterminada por el orden que tomaban los aminoácidos individuales que componían esta macromolécula (proteínas y ADN).

Los estudios cristalográficos de las macromoléculas que permitirían dilucidar su forma en el espacio, me permitieron, como estudiante, comprender cómo estas formas, mediante su actividad biológica, representaban la explicación última de la vida de una célula.

En abril de 1953 James Watson y Francis Crick publicaron la estructura tridimensional de la molécula de ADN y la postularon como la base central de la herencia genética. ¡Todo estaba en la forma! Esto cambió la concepción de la biología y de la tecnología.

Esta nueva forma, con su combinación de eslabones, cambió nuestra manera de ver el mundo, de ver aquellas especies que nos acompañan en el planeta y nuestra opinión de nosotros mismos como especie. La forma de estas macromoléculas, el ADN y las proteínas, me ha acompañado hasta ahora en mi profesión.

Hoy en día, como investigador y docente en inmunología, las formas de las moléculas me siguen a todas partes y me ayudan en mi labor diaria.

Mi preocupación actual es la forma de los anticuerpos, ya que en su forma está la clave de cómo ellos funcionan eliminando virus y bacterias. Sabemos que nuestro sistema inmune es capaz de reconocer y eliminar cualquier molécula extraña a nuestro cuerpo, pero ¿cómo es posible que el sistema inmune genere tantos anticuerpos capaces de reconocer a cuanta molécula (forma) le parezca extraña?

Las primeras hipótesis que explicaban este fenómeno, y que yo aprendí como estudiante de bioquímica, eran que los anticuerpos funcionaban como la cerradura de una puerta y que el agente infeccioso tomaba la forma de una llave que calzaba justo en esa cerradura molecular. Hoy sabemos que esto no es así, sino que todas estas formas de anticuerpos están codificadas de una manera muy particular en el ADN de cada uno de nosotros. Una de las creaciones del ser humano más interesantes, y que se asemeja, diría más bien copia, a una estructura de la naturaleza es la escalera de doble hélice del Castillo de Chambord en el Valle del Loira en Francia.

En esta escalera, dos espirales se entrelazan entre sí sin tocarse, de tal manera que dos personas pueden subir al segundo piso cada una por una de las hélices sin toparse hasta llegar arriba. Una maravilla de diseño que marea con solo mirar. Lo que más me impresionó, y sigue impresionándome de esta escalera, es que fue construida en el siglo XVI, casi 400 años antes de que Watson y Crick descubrieran la estructura de doble hélice del ADN. Se piensa que su diseñador fue nada menos que Leonardo Da Vinci. Entre todas las genialidades que le conocemos a este artista y científico del Renacimiento italiano, ¿no habrá sospechado algo?